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miércoles, 25 de abril de 2012

Sin candados

Mi madre tenía un don natural para las palabras. Eran ambos atractivos; tenían el cabello castaño oscuro y la risa fácil. Eran Ruh hasta la médula, y en realidad eso es lo único que hace falta decir.

Salvo quizá que mi madre fue noble antes de ser artista. Me contó que mi padre la engatusó con dulce música y dulces palabras para que abandonara «un terrible y deprimente infierno». Yo deduje que se refería a Los Tres Cruces, donde una vez fuimos a visitar a sus parientes cuando yo era muy pequeño. Una sola vez.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

Acompañé a lady Lackless hasta la mesa y le retiré la silla. Mientras recorríamos el salón, había evitado mirarla, pero al ayudarla a sentarse, vi su perfil, y me resultó tan familiar que no podía apartar los ojos de ella. La conocía, estaba seguro. Pero no conseguía recordar dónde podíamos habernos encontrado...

(...)

Ya había empezado la segunda botella de vino cuando leí que la joven Netalia Lackless se había fugado con una troupe de artistas itinerantes. Sus padres la habían desheredado, por supuesto, y Meluan había pasado a ser la única heredera de las tierras de los Lackless. Eso explicaba el odio que Meluan les tenía a los Ruh, e hizo que me alegrara aún más de no haber revelado mis orígenes Edena en Severen.

El temor de un hombre sabio, de Patrick Rothfuss

martes, 31 de enero de 2012

El temor de un hombre sabio

Autor: Patrick Rothfuss

Cuando de azul se tiñe el fuego del hogar,
¿cómo podemos actuar?
¿cómo podemos actuar?
Salgamos corriendo, escondámonos huyendo.

Cuando tu reluciente espada se empieza a aherrumbar,
¿en quién confiar?
¿en quién confiar?
Sigue tu propia guía, piedra erguida.

Si sus ojos son como el azabache,
¿a dónde escaparse?
¿a dónde escaparse?
Lejos y cerca, los tienes a la puerta.

¿Veis a un hombre sin rostro?
Se mueven como fantasmas de un sitio para otro.
¿Cuál es su plan?
¿Cuál es su plan?
Los Chandrian, los Chandrian.

[adore] 

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El Nombre del Viento

Autor: Patrick Rothfuss

"He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.

Quizá hayas oído hablar de mí."

[adore] 

jueves, 1 de octubre de 2009

Las apariencias importan

Bast: (...) Verás, existe una conexión fundamental entre lo que uno parece y lo que uno es. Todos los niños Fata lo saben, pero vosotros, los mortales, no lo veis. Nosotros sabemos lo peligrosas que pueden resultar las máscaras. Todos nos convertimos en lo que fingimos ser.

Cronista se relajó un poco, pues pisaba terreno conocido.

Cronista: Eso es psicología elemental. Si vistes a un mendigo con ropa lujosa, la gente lo trata como a un noble, y el mendigo está a la altura de lo que esperan de él.

Bast: Eso solo es la parte más pequeña -replicó Bast-. La verdad es mucho más profunda. Es... -Bast se atascó un momento-. Todos nos contamos una historia sobre nosotros mismos. Siempre. Continuamente. Esa historia es lo que nos convierte en lo que somos. Nos construimos a nosotros mismos a partir de esa historia.

Cronista arrugó la frente y despegó los labios, pero Bast levantó una mano.

Bast: No, escúchame. Ya lo tengo. Conoces a una chica tímida y sencilla. Si le dices que es hermosa, ella pensará que eres simpático, pero no te creerá. Sabe que esa belleza es obra de tu contemplación -Bast se encogió de hombros-. Y a veces basta con eso.

Sus ojos se iluminaron.

Bast: Pero existe una manera mejor de hacerlo. Le demuestras que es hermosa. Conviertes tus ojos en espejos, tus manos en plegarias cuando la acaricias. Es difícil, muy difícil, pero cuando ella se convence de que dices la verdad... -Bast hizo un ademán, emocionado-. De pronto la historia que ella se cuenta a sí misma cambia. Se transforma. Ya no la ven hermosa. Es hermosa, y la ven.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

jueves, 24 de septiembre de 2009

Dolor

Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según las necesidades.

La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que "el tiempo todo lo cura" es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Su nombre

En medio del silencio, Lyra se quedó de pie junto al cadáver de Lanre y pronunció su nombre. Su voz era un precepto. Su voz era de acero y de piedra. Su voz le ordenaba que volviera a vivir. Pero Lanre yacía inmóvil y muerto.

Con temor, Lyra se arrodilló junto al cadáver de Lanre y susurró su nombre. Su voz era una llamada. Su voz era de amor y de deseo. Su voz le pedía que volviera a vivir. Pero Lanre yacía frío y muerto.

Desesperada, Lyra se echó sobre el cadáver de Lanre y lloró su nombre. Su voz era un susurro. Su voz era de eco y de vacío. su voz le suplicaba que volviera a vivir. Pero Lanre yacía sin aliento y muerto.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

viernes, 11 de septiembre de 2009

Esperanza...

Espero que pasaran esas últimas horas a gusto. Espero que no las malgastaran en tareas tontas como encender el fuego o trocear las verduras para la cena. Espero que cantaran juntos, como solían hacer. Espero que se retiraran a nuestro carromato y que pasasen un rato el uno en los brazos del otro. Espero que después se tumbarán lado a lado y hablasen en voz baja de cosas sin importancia. Espero que estuvieran juntos, amándose el uno al otro, hasta que llegó el final.

Es una esperanza pequeña, y en realidad absurda, porque de todas formas están muertos.

Pero yo lo espero.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

sábado, 5 de septiembre de 2009

La sabiduría me persigue...

Kote: A ver, Bast, ¿qué has aprendido hoy?

Bast: Hoy, maestro, he aprendido por qué los grandes amantes tienen mejor vista que los grandes eruditos.

Kote: Ah, ¿sí? Y ¿por qué es, Bast? -preguntó Kote con un deje jocoso en la voz.

Bast cerró la puerta y se sentó en la otra butaca, girándola para colocarse enfrente de su maestro y del fuego. Se movia con una elegancia y una delicadeza extrañas, casi como si danzara.

Bast: Verás, Reshi, todos los libros interesantes se encuentran en lugares interiores y mal iluminados. en cambio, las muchachas adorables suelen estar al aire libre, y por lo tanto es mucho más fácil estudiarlas sin riesgo de estropearse la vista.

Kote asintió.

Kote: Pero un alumno excepcionalmente listo podría llevarse un libro afuera, y así podría mejorar sin temor a perjudicar su valiosa facultad de la vista.

Bast: Lo mismo pensé yo, Reshi. Que soy, por supuesto, un alumno excepcionalmente listo.

Kote: Por supuesto.

Bast: Pero cuando encontré un sitio al sol donde podía leer, una muchacha hermosa se me acercó y me impidió dedicarme a la lectura -terminó Bast con un floreo.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss