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jueves, 27 de marzo de 2008

Caperucita Roja, de Charles Perrault

 

En tiempos del rey que rabió, vivía en una aldea una niña, la más linda de las aldeanas, tanto que loca de gozo estaba su madre y más aún su abuela, quien le había hecho una caperuza roja; y tan bien le estaba que por Caperucita Roja conocíanla todos.

Un día su madre hizo tortas y le dijo:

— Irás a casa de la abuela a informarte de su salud, pues me han dicho que está enferma. Llévale una torta y este tarrito lleno de manteca.

Caperucita Roja salió enseguida en dirección a la casa de su abuela, que vivía en otra aldea. Al pasar por un bosque encontró al compadre lobo que tuvo ganas de comérsela, pero a ello no se atrevió porque había algunos leñadores. Preguntola a dónde iba, y la pobre niña, que no sabía fuese peligroso detenerse para dar oídos al lobo, le dijo:

— Voy a ver a mi abuela y a llevarle esta torta con un tarrito de manteca que le envía mi madre.

— ¿Vive muy lejos? —preguntole el lobo.

— Sí, —contestole Caperucita Roja— a la otra parte del molino que veis ahí; en la primera casa de la aldea.

— Pues entonces —añadió el lobo—, yo también quiero visitarla. Iré a su casa por este camino y tú por aquel, a ver cual de los dos llega antes.

El lobo echó a correr tanto como pudo, tomando el camino más corto, y la niña fuese por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr detrás de las mariposas y en hacer ramilletes con las florecillas que hallaba a su paso.

Poco tardó el lobo en llegar a la casa de la abuela. Llamó: ¡Pam! ¡Pam!

— ¿Quién va?

— Soy vuestra nieta, Caperucita Roja —dijo el lobo imitando la voz de la niña—. Os traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre os envía.

La buena de la abuela, que estaba en cama porque se sentía indispuesta, contestó gritando:

— Tira del cordel y se abrirá el cancel.

Así lo hizo el lobo y la puerta se abrió. Arrojose encima de la vieja y la devoró en un abrir y cerrar de ojos, pues hacía más de tres días que no había comido. Luego cerró la puerta y fue a acostarse en la cama de la abuela, esperando a Caperucita roja, la que algún tiempo después llamó a la puerta: ¡Pam! ¡Pam!

— ¿Quién va?

Caperucita roja, que oyó la ronca voz del lobo, tuvo miedo al principio, pero creyendo que su abuela estaba constipada, contestó:

— Soy yo, vuestra nieta, Caperucita Roja, que os trae una torta y un tarrito de manteca que os envía mi madre.

El lobo gritó procurando endulzar la voz:

— Tira del cordel y se abrirá el cancel.

Caperucita Roja tiró del cordel y la puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo le dijo, ocultándose debajo de la manta:

— Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la artesa y vente a acostar conmigo.

Caperucita Roja lo hizo, se desnudó y se metió en la cama. Grande fue su sorpresa al aspecto de su abuela sin vestidos, y le dijo:

— Abuelita, tenéis los brazos muy largos.

— Así te abrazaré mejor, hija mía.

— Abuelita, tenéis las piernas muy largas.

— Así correré más, hija mía.

— Abuelita, tenéis las orejas muy grandes.

— Así te oiré mejor, hija mía.

— Abuelita, tenéis los ojos muy grandes.

— Así te veré mejor, hija mía.

— Abuelita, tenéis los dientes muy grandes.

— Así comeré mejor, hija mía.

Y al decir estas palabras, el malvado lobo arrojose sobre Caperucita roja y se la comió.

 

La niña bonita,
la que no lo sea,
que a todas alcanza
esta moraleja,
mucho miedo, mucho,
al lobo le tenga,
que a veces es joven
de buena presencia,
de palabras dulces,
de grandes promesas,
tan pronto olvidadas
como fueron hechas.

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