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sábado, 10 de noviembre de 2018

Amor constante, más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo

viernes, 1 de agosto de 2014

Yo soy ardiente, yo soy morena...

— Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
— No es a ti, no.
— Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
— No, no es a ti.
— Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.
— ¡Oh ven, ven tú!
Gustavo Adolfo Bécquer

sábado, 2 de marzo de 2013

Estás perdiendo la cabeza, Viskovitz

— ¿Cómo era papá? -le pregunté a mi madre.

— Crujiente, un poco salado, rico en fibra.

— Quiero decir antes de comértelo.

— Era un mequetrefe inseguro, angustiado, neurótico, un poco como todos vosotros, los machitos, Visko.

Me sentía más cercano que nunca a aquel genitor al que no había llegado a conocer, que se había descompuesto en el estómago de mamá mientras yo era concebido. De quien no había recibido calor, sino calorías. Gracias, papá, pensé. Sé lo que significa, para una mantis macho, sacrificarse por la familia.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Gatos...

A los habitantes del barrio no les gustaban los gatos. Considerando cómo a veces torturaban bestialmente a los seres que decían amar y que albergaban en sus nidos de piedra, las palabras «no les gustaban» adquirían su verdadero y terrible sentido al hablar de los gatos. A menudo los gatos reflexionaban sobre el origen de aquel odio. Había distintas opiniones. La mayor parte de los gatos pensaba que la culpa era de aquellas pequeñas cosas, que no tenían apenas significado, pero que iban matando a los seres humanos lenta y eficazmente, al tiempo que les conducían a la locura: las penetrantes y mortales agujas de asbesto que llevaban en sus pulmones, las radiaciones asesinas que emergían de las paredes prefabricadas de sus casas, la atmósfera ácida y envenenada que colgaba sin tregua sobre la ciudad. ¿Qué tenía de extraño, decían los gatos, que alguien que se balanceaba al borde del abismo, envenenado y consumido por ponzoñas y enfermedades, odiara la vitalidad, la agilidad y la fuerza? ¿Que alguien desequilibrado y que no es capaz de encontrar la paz reaccione con rabia y locura a la calma cálida, velluda y ronroneante de otros? No, no había en ello nada de lo que extrañarse. Había sin embargo que ser precavido, había que huir con toda la fuerza de los músculos, con toda la distancia posible de los saltos, en el mismo momento en que se divisara en el horizonte una silueta pequeña o grande de dos patas. Había que guardarse de los puntapiés, los bastones, las piedras, los dientes del perro que se azuza, la rueda del automóvil. Había que reconocer la crueldad que se escondía tras los dientes apretados por los que se filtraba «michi, michi». Y eso era todo.
"Los músicos", de Andrzej Sapkowski

lunes, 4 de julio de 2011

Venganza femenina

Después de una larga enfermedad, una mujer muere y llega a los portones del Cielo. Mientras espera por San Pedro, ella ve a través de las rejas a sus padres, amigos y todos los que habían partido antes que ella, sentados a una mesa, apreciando un banquete maravilloso.

Cuando San Pedro llega, ella le comenta:

— ¡Qué lugar tan lindo! ¿Cómo hago para entrar?

— Le voy a decir una palabra. Si usted la deletrea correctamente a la primera, entra; si se equivoca, va directa para el infierno.

— OK, ¿cuál es la palabra?

— AMOR.

Ella la deletreó correctamente y pasó por los portones. Un año después San Pedro le pidió que vigilase los portones un día. Para su sorpresa, aparece su marido.

— ¡Hola! ¡Qué sorpresa! -dice ella- ¿Cómo estás?

— ¡Ah!, pues he estado muy bien desde que falleciste. Me casé con aquella bella enfermera que te cuidó, gané la lotería y me hice millonario. Vendí la casa donde vivíamos y compré una mansión. Viajé con mi esposa por todo el mundo. Precisamente estábamos de vacaciones cuando decidí ir a esquiar, me caí... el esquí me cayó en la cabeza y aquí estoy. ¿Cómo hago para entrar?

— Voy a decirte una palabra. Si la deletreas correctamente a la primera puedes entrar; si no, vas directo al infierno.

— OK, ¿cuál es la palabra?

— SCHWARZENEGGER.

sábado, 24 de marzo de 2007

Aiss l'amour l'amour

— Estoy harta de ti.

— ¿Por qué me dices eso?

— Porque ya no te soporto.

— Yo tampoco me soporto y no estoy harto de ti.

— Me voy, entiéndelo.

— ¿Te vas con otro hombre?

— Después de ti, no quiero saber de otro hombre.

— Fíjate en lo que dices.

— Es cierto, después de ti no quiero saber del género humano... estoy harta.