domingo, 6 de agosto de 2006

El desencajado, de Roger Zelazmy (2)

(---o---) continúa (---o---)

El cohete descendió al desierto irisado como una flor de rojo tallo volviendo a su semilla. A poco se desvaneció el rojo y la vaina de acero estuvo posada sobre las Llanuras Jackson. El profesor Jackson salió al Mundo Jackson y husmeó el frío aire azulenco de noviembre. Examinó el aparato que llevaba y luego habló en el micrófono que tenía en la garganta.
— Todo está en orden. Podéis salir.
Sus tres compañeros, atezados a pesar del largo viaje, delgados, altos y con una entremueca y sonrisa enseñando los dientes, salieron a zancadas por la escotilla y miraron en derredor, con aire de cabal atrevimiento y competencia.
— ¡Por Dios que tenía razón, Doc! ¡Es habitable!
— Claro que lo es. Jackson nunca se equivoca.
Jackson asintió de manera formularia y procedió a orientar el mapa fotográfico.
— Las ruinas están por aquí —apuntó.
Todos se juntaron a él, siguiendo su paso.
Algo le estaba royendo la mente, hormigueando en la base de su cerebro.
Al cabo de cosa de media hora hicieron alto junto a una valla de mellados monolitos.
— ¡Vaya paraje sobrenatural! —exclamó Mason, arrastrando las palabras según el acento de Tennesee.
Un grito ululante procedió de arriba y Mason se desplomó, escupiendo sangre. La lanza, impulsada con enorme fuerza, le había atravesado de parte a parte. Jackson se echó de bruces al suelo. Thompson chilló y tosió, lanzando un escupitajo. Con su arma barrenadora en la mano, Jackson lanzó una mirada a Wolf.
— ¿Conseguiste echar un vistazo a quien lo hizo?
— Sí —murmuró el interpelado—. Y hubiese preferido no hacerlo. Era horrible... todos aquellos brazos, aquella piel verde, aquellos ojos de sabandija...
Thompson vació sus pulmones por última vez. Otro grito agorero, más próximo. Jackson se arrastró como un gusano a la derecha y luego se quedó inmóvil, a la espera.
El más débil de los sonidos, de metal besando a la piedra...
Se puso en pie de un salto, apretando el gatillo de su arma, que despidió un chorro de llamas. El ser cayó, babeando. Un licor verdoso goteaba del gran boquete que su disparo le había abierto en su sección media.
... Y algo en su nuca estaba hormigueando.
— ¡Doc, hay más de ellos!
Oyó el crepitar de la pistola de Wolf y el siseo de la carne friéndose. Dos de las criaturas cayeron. Cuatro más se hallaban deslizándose por el declive en su dirección. Se volvió y disparó hacia Wolf. Luego se echó su arma al hombro.
— Adelante —gritó una voz dentro de él—. Estoy ansioso por ver cómo escapas de ésta.
Los extranjeros estaban ya casi sobre él, cuando surgió de detrás de una roca una gran forma silbante, deslizándose en su dirección. Aquellos seres se detuvieron, profiriendo breves gritos y luego, volviéndose, se retiraron a la colina.

(---o---) continúa (---o---)