sábado, 14 de mayo de 2005

"Un amor radiante", de Zoé Valdés

Ada Luz no se asombró cuando menstruó a los 13 años haces de luces de variados colores. Su núbil sexo se asemejaba a una fuente de fuegos artificiales. Ella ni siquiera sintió miedo de aquel fenómeno pues su madre habia pronosticado a su padre:

– Esta niña no será normal; no, señor. Cuando crezca no se comportará de ninguna manera como las demás mujeres. Me lo vaticinaron el rumor del río y la dulzura de la canela. En lugar de coágulos, de su útero fluirán chorros incandescentes.

Su marido no se burló; su esposa no se equivocaba jamás, donde ponía el ojo ponía la vara. Para rematar, Ada Luz había nacido marcada con varios lunares en forma de sol encima del pecho izquierdo. Y de sus ojos pardos irradiaba una luminosidad bastante inquietante. En invierno, cuando hablaba, su aliento alumbraba los pasajes más penumbrosos de la ciudad. Y más de una vez se prestó como adorno navideño o como esqueleto de Halloween, ya que en la oscuridad su anatomía se transparentaba con los efectos del estroboscopio utilizado en las discotecas.

– Esta chiquilla no encontrará marido. – Se lamentaba el padre, frustrado con el nacimiento de aquella única hija hembra. Siempre había anhelado un vástago que mantuviera a él y a su esposa en la vejez, pero habían tenido a esta hija muy tarde y la madre ya estaba reseca.

Ambos ansiaban para Ada Luz un fructífero matrimonio con un personaje adinerado. Su padre no era de la clase de persona soñadora, más bien siempre supo que la vida era corta y que para abreviar lo mejor era poseer riquezas y dinero abundante. El padre de Ada Luz se imaginó en la miseria por culpa de aquella hembra desgraciada. Lloró desesperado y no se suicidó porque si bien temía a la pobreza, más pánico le inspiraba la muerte.

Pronto llevaron a Ada Luz a los médicos; todos coincidieron en que se trataba de un organismo con funciones normales, sólo que, en lugar de sangre, en sus venas borboteaba luz. Los especialista decidieron olvidar el caso, pues la vida era demasiado dura como para continuar embelesados con un ser relleno de hechizos.

Ada Luz creció y se enamoró de un muchacho sencillo, aspirante a poeta. Sus padres maldijeron tan mal asunto. "¡Poesía! ¿Quién come de la poesía hoy en día?", comentaron malhumorados. Sin embargo, él fue el único a quien no le importaban las irradiaciones de la muchacha, pues los otros pretendientes salían huyendo en cuanto ella los cegaba con su resplandor virginal.

Ada Luz y Pedro Sombra se casaron muy jóvenes. Para inquietud general ella salió embarazada. ¿Qué monstruo saldría de la barriga encendida cual un bombillo de cien bujías? La noticia corrió y los negociantes comenzaron a frotarse las manos. ¡Una nueva fuente de energía, y humana, qué barbaridad, qué suerte! El timbre del teléfono no paraba de sonar, los periódicos llamaban y al no lograr conversar con el matrimonio decidieron desplazarse hasta la pequeña casa en el campo donde había hallado refugio la pareja.

En pocos días el apacible bohío se transformó en un infierno. Llovieron ofertas millonarias para comprar o alquilar la esposa y el futuro hijo a Pedro Sombra. Éste, por supuesto, se negó y tuvieron que escapar e instalarse en una montaña inaccesible muy cercana del sol en el día y de la luna en la noche.

Mientras más meses contaba, más fulgurante se volvía el enorme vientre de Ada Luz. Durante ese tiempo Pedro Sombra escribió poemas muy bellos, su mujer y su feto eran sus únicos oyentes cuando leía en voz alta deseando comprobar que de verdad sonaban con una cadencia inigualable. El 11 de agosto de aquel año caluroso nació un bebé negro de padres blancos. Chamuscado por el alto voltaje maternal, dijeron maliciosos algunos. Las gentes pasaron la página al asunto, restándole misterio.

Sus padres lo llamaron Eclipse. Era el hijo del sol y de la luna. Pero para saberlo, y para apreciarlo, los infortunados humanos necesitamos espejuelos baratos.